domingo

La ilusión de epifanía








Los tiempos que corren, esto de las fechas que imponen una convención gregoriana como otro año o una navidad incitan a la inevitable ilusión de epifanía. De hecho, estoy escribiendo sobre ello en las ciernes del calendario luego de una larga ausencia.


Hace unos días, no sé bien cuántos decreté en ese cuadradito intimidante del feisbu que pregunta "¿qué estás haciendo ahora?": estoy recuperando mi locura. No es fácil ni rápido, a veces vuelve y otras se niega sistemáticamente. En estas paradas obligadas de almanaque, mi locura se escapa porque es ciertamente tímida y no sabe bien cómo hacer la catarsis pública de Lucas o Mendieta. Es más, no le sale ni siquiera una catarsis íntima...queda allí inmóvil, inerte. Prefiere mirar para otro lado, distraerse con lo que tiene a mano (en realidad, con lo que le pasa siempre por la cabeza) y partir lejos para evitar caer en la ilusión de finitud. Quizás porque los finales siempre encierran sorpresas.


En esos momentos de temporalidad se juega la terminación de una historia y una continuidad debe ser alterada: algo traba la repetición. Pero los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia porque sin finitud no hay verdad, y no tenemos un lenguaje para los finales. Quizás un lenguaje para los finales exija la total abolición de otros lenguajes. Para evitar enfrentarnos con ese lenguaje imposible (que es el lenguaje que utilizan los poetas) en la vida se practican los finales establecidos.


Ordenar un corte, un final para poder decidir el sentido. Esperar algo inesperado, un desvío, un cambio de ritmo. Más o menos algo así dicen las palabras del mejor regalo que haya recibido en estas fechas de otro año: la ilusión de epifanía que se encierra en cada email de arbolitos, luces y frases institucionalizadas, en los amontonamientos que desbordan las hileras en las cajas del supermercado, en los silencios esperados, en la mirada perdida de los que se admiran con los fuegos artificiales, en los que pueden proyectar el sentido de la lucha de clases.

miércoles

Esa mañana


Es que me falta cuento

en esta capital,

se amarga hasta el romance

y la anarquía crece más.

Es cuerda que se oxida

en esta vena de pensar.

Es musa mal parida

es que no sé ni qué cantar.



Ya no se trataba de repetir rutinas sino de recuperar la mirada. No sé cuando volví pero sé cómo, quizás por ello he demorado tanto en continuar con esta bitácora.

Desperté una mañana sin que el sol me encandilara, estaba dejando un hotel de Núñez lista para una agenda de "oportunidades". Llegué a Palermo, barrio que nunca me atrajo pero el peso de la mochila hizo que me estancara un buen rato en plaza Serrano (tampoco entiendo por qué le llaman así, si tiene un cartelito que dice Plaza Cortázar).

Primera nota de agenda: "dejar atrás el workshop de ayer, no recordar ni siquiera el aspecto porcino de los Grobo, mucho menos sus palabras y empezar de nuevo".

8:15 del sábado - desayuno en la plaza. El mozo quiere conversar porque no sabe cómo disculparse ante la falta de medialunas. Luego de veinte minutos de disculpas en las que se mezclan el clima y los errores de la gestión PRO, me regala un alfajor de chocolate medio derretido. Obsturo una y otra vez, siempre hacia la izquierda debido a la posición de la luz. Un detalle que lleva a otro. Suena el celular que no quiero atender. Sigo gatillando la cámara enfocando puertas, paredes y graffitis. Me sorprende un pibe que me regala un beso para la eternidad de la fotografía.

Olvido la hora pero sé que el sol está en otra posición y me obliga a girar. Vienen llegando los inmigrantes a vender sus cosas. Es tiempo de dejar la comodidad del bar. Otra vez el celular que no quiero atender. Un marroquí que vende cueros me invita un café del termo de un uruguayo. Está algo tibio y demasiado dulce. Me pregunta mi nombre y comienza a contarme esa historia de amor trágico que recorre el Magreb cuya protagonista se llama igual que yo. Ya conozco esos hilos pero me sorprendo ante los detalles de su tejido discursivo colmado de datos melancólicos propios del que se va, del que deja su tierra. Me he ganado un descuento, dos libros del Islam y mi nombre escrito en árabe para que un tatuador lo deje impreso para siempre en mi piel. Creo que también me he llevado la melancolía.


sábado

C´est


Sería un desagravio no reconocer el aporte gramsciano de Primo Louis y el Canilla pero la cosa no iba por ahí. El post "Show must go on" no apuntaba a la hegemonía como reforma de la conciencia pese a que no deja de encontrar ciertas raíces en la relación dialéctica de los intelectuales y la masa para la transformación de las clases subalternas y su desarrollo político. Pasa que ni siquiera quiero utilizar el término "subalterno" que se repite línea tras línea en los cuadernos de la cárcel.

Rescato de Antonio algo que suele pasar desapercibido (menos en los parciales), el sentido común: (...)" concepción del mundo mecánicamente impuesta por una criatura extraña, por uno de los muchos grupos sociales en los que todos están auto-mecánicamente involucrados desde el momento de su entrada en el mundo consciente"(...).

La inquietud sobre las nuevas tecnologías 2.0 y la posible transformación en las maneras de vivir el cuerpo encuentra más asidero en preguntarme cuál es el lugar que ocupan dentro del espacio social y cuál es su aporte a la formación de habitus. Sin intentar siquiera la objetivación de un proceso del que soy parte, ciertas cuestiones hacen ruido en contrapunto con cotidianeidades instaladas. El caso de la espectacularización de la intimidad, por ejemplo, supone un punto en el que "la historia hecha cuerpo" me revela hitos hasta el momento desconocidos. No se trata de una añoranza por el "estado de naturaleza", por el contrario, se trata de escudriñar las estructuras internas de la subjetividad y las estructuras sociales externas de la misma realidad que se representan en historia colectiva inscripta como disposiciones de actuar, sentir, percibir y valorar.

Quien pueda arrojar hipótesis de las causas del fenómeno, se agradece inconmensurablemente. He sumado nuevas preguntas acerca de las 2.0

lunes

Las callecitas de Buenos Aires que tienen ese qué sé yo


El 17 me sorprendió desayunando con Gustavo Grobo en el Soho. Así empezaba una jornada de retorcijones que como la hora incierta, no puede medirse con el calendario. Parece que esa jornada no ha concluído aunque medien casi 700 km y varios días después.
Y esta es otra imagen que espera sus historias.

jueves

Carta de Chicha Mariani (subámosla a los Blogs para encontrar a Clara Anahí)





Querida nieta:
Soy tu abuela “Chicha” Chorobic de Mariani, te busco desde el momento en que Etchecolatz, Camps y su tropa mataron a tu madre y te secuestraron de tu hogar en la calle 30 nº1134 de La Plata, Argentina. Era el 24 de noviembre de 1976 y tenías tres meses de edad. Desde ese momento con tu padre te buscamos hasta que a él también lo asesinaron.
A pesar de que trataron de convencerme de que habías muerto en la balacera, yo sabía que estabas viva. Hoy está comprobado que sobreviviste y estás en poder de alguien. Ya tienes 31 años y tu número de documento probablemente sea cercano al 25.476.305 con el que te anotamos. Yo quisiera pedirte que busques fotos de cuando eras bebé y las compares con la que acompaña este texto. (click sobre la foto para agrandarla)
Quiero contarte que tu abuelo paterno se dedicó a la música y yo a las artes plásticas; que tus abuelos maternos se dedicaron a las ciencias, que tu mamá amaba la literatura y tu papá era licenciado en economía. Ambos tenían un gran sentido de la solidaridad y compromiso con la sociedad. Algo de todo esto tendrás en tus inclinaciones de vida porque, a pesar de que hayas sido criada en un hogar distinto, uno guarda internamente los genes de sus antepasados. Seguramente hay muchas preguntas sin respuesta que aletean en tu interior.
A mis más de 80 años mi aspiración es abrazarte y reconocerme en tu mirada, me gustaría que vinieras hacia mí para que esta larga búsqueda se concretara en el mayor anhelo que me mantiene en pie, el que nos encontremos. Clara Anahuí, mientras espero seguiré buscándote.
Te abraza tu abuela “Chicha” Mariani.
Mail de contacto: mailto:mariaisabelchorobik@sinectis.com.ar

sábado

Show must go on (Intro)






Amanezco con los diarios desde que tengo memoria aunque he cambiado hábitos en el consumo, como Ud estimado lector.
Ya no soy la misma que tomaba la leche frente al TV riendo sin entender La Noticia Rebelde pero sigo riendo frente a la abrumadora productora de noticias mientras termino el cigarrillo y repaso las tapas virtuales de los periódicos (periódicos que ya no tienen período determinado!). La risa (qué tema para Bajtin) ya no es la misma.
Esta semana me disparó la espectacularización de la vida cotidiana. Plasmada de contradicciones académicas, la noticia ya no es el hecho noticioso de los manuales de periodismo. La fuerza instituyente de la intimidad como show, como algo que debe ser exhibido en público para lograr una trascendencia, hace tambalear las estructuras instituidas de la modernidad.

He aquí un caso puntual que puede ser una pequeña unidad de análisis.
Se podrían desprender infinidad de variables referidas al tema, desde la implicancia de la dominación masculina, la falta de reconocimiento de la cuestión de género, la sanción social que se fundamenta en el capital simbólico de un uniforme escolar o el rol social mismo de la institución escuela. En fin, muchas, muchas cuestiones...prefiero preguntarme por otro valor que aporta alguien que no conozco pero que sugiere lo siguiente:

“Dar a ver, exponer la intimidad es un tono epocal. Los jóvenes nacieron espectadores, quizás vieron primero el ojo de una cámara que los de su propia madre; sus partos fueron filmados. Hechos como éste deberían ayudarnos a pensar esta realidad con menos prejuicios” (Daniela Gutiérrez, pedagoga).

La frase dio vueltas en mi cabeza marcando presencia en algunos post y preocupaciones sobre las nuevas tecnologías y esto del 2.0 que nadie entiende muy bien. Así podríamos explicar facebook y la manía de espiar narcisos ajenos diría un amigo. Gilles Deleuze, proponía a mediados de los noventa revisar desde la subjetividad el rol que la sociedad les asigna a los individuos y crear nuevos dispositivos de poder que fueran capaces de oponer resistencia al panóptico web (...) "crear interferencias e interrupciones, huecos de incomunicación, como una tentativa de abrir el campo de lo posible desarrollando formas innovadoras de ser y estar en el mundo" (...).

¿Cómo contrarestar el nuevo régimen de poder? Si la "sociedad disciplinaria" de la que hablaba Michel Foucault ha dado paso a este otra realidad, ¿cómo se han transformado los cuerpos, las formas de ser y estar? ¿Cómo se "escamotea" en términos de De Certau, el sujeto en esta nueva matriz? ¿Será que no queda más explicación que la de Pierre "la resistencia puede ser alienante y la sumisión liberadora"?






Sin metáforas


jueves

Lápices que siguen escribiendo









Así. Quieta. Estática. Así es la imagen que quise guardar.

En la Docta, para la primavera florecen los árboles, los adolecentes y también los movimientos sociales. Los jardines se llenan de pimpollos y las calles de gente con banderas rojas y negras. Las noches tardan en llegar y nos dejan extender los discursos y las murgas pasadas las 21, esa hora en que los cronistas quieren cerrar su día y sumarse a la fiesta. Esa, no es la hora incierta...es una hora ritual.

Momento de inflexión que me obliga a dejar el abrigo y la coraza como a los medio hombres-medio héroes protagonistas de mis siestas al sol en el verano de pueblo. Y esa si, se parece más a la hora incierta. De las reuniones matutinas de definición a las relaciones públicas de la tardecita, paso por casa, me quito el disfraz de laburo y cargo la cámara.

Media la semana y se acerca al ocaso con sabor a café expresso de encuentros ejecutivos. Siento levemente el picor en la garganta, que viene como las mariposas en esta época del año ¿Será que hay algo importante para decir? El ritmo se acelera, anticipando la tensión estival. No sé que es lo que voy a encontrar.

Otra vez en las calles. Esta vez, entre adolecentes primaverales que reclaman por Julio (López) y reencarnan los que no dejaron llegar. Las fechas son flexibles y nos permiten copar la Velez Sarsfield dos días después de que se conmemore la noche de los lápices para que coincida con la fecha de Julio...si, en primavera también nos acordamos de Julio. Esa es la ciudad que me gusta ver.

Somos pocos. Me comentan que la marcha coincidió con el desfile en el Buen Pastor. Vuelvo a pensar en Debord y mi rol laboral quiere colarse sugiriendo la importancia de contar con un publicista para estos eventos. No lo dejo. Visto de jean y remera de algodón, incluso me puse los anteojos, no hay lugar para las lógicas funcionalistas que se apoderan de la oficina.


Cae la noche y desde el D2 no se ve el horizonte. Es tarde y quiero volverme. Allí debajo de ese farol se congregan las banderas. Lentamente todos se escurren de la fiesta. Quizás deba buscar algo y dejar de esperar que las cosas sucedan.


(...)"Ahí, debajo del farol, cuando la fiesta terminaba, empecé una noche a esperarla. (Ahora siga usted)"(...)

La ciudad se le vuelve extraña. En esa esquina hay demasiados fantasmas que quieren hablar y la noche es larga. Pst! Si vuelve la mirada, no tiene que esperar más.

Así. En la somnolencia de la noche. En el aroma fresco de la peatonal. En el desasosiego primaveral. Así, lo iba a encontrar.


PS: así, los lápices seguirán escribiendo una historia más.

sábado

Luego, en las calles (Parte I)



9 de la mañana. Se escuchan los bombos en la esquina de casa. Calculo dos columnas mínimo. Apuro el café y el cigarrillo, tomo las llaves, me vuelvo por la cámara de fotos. En un par de horas tendría que estar en un examen y la multitud me confunde los recorridos del bondi. Ya en la calle, Antonio el portero me dice que seguramente no me van a tomar..."¡no ve que hoy se arma quilombo de nuevo?".

Efectivamente en la esquina se congregan más de dos columnas. Sobre la cañada me dan una pintoresca toma de niños comiendo Danonino en brazos de algún dirigente de base. Las mujeres intentan contener el juego de los infantes entre las banderas rojas y los estencileados del Che, Evita y San Martín.

Obsturo una y otra vez. Un trabajador que descarga hierros para el edificio de 18 pisos que están construyendo en lo que fuera el bar de mi infancia me grita: "sacame foto a mi que soy el único que labura". Me acerco, le pregunto por la baranda de la escalera que está tirada junto a los escombros, como buscando excusa para entablar el diálogo. Negociamos unos pesos, más la foto, más un café en el restó chic de la Colón a cambio de la escalera de madera torneada. Dos obsturaciones más de los muchachos de la Uocra que no están en la manifestación. Contrasta el rostro del capataz peruano que no me deja fotografiarlo y las banderas que se agitan en el firmamento.

Pasaron un par de horas casi. Encontré por dónde desvían los bondis. Para en la mitad de la calle y me hace subir. No hay nadie más que el chofer. No sabe por dónde va a seguir ni hasta dónde va a llegar. En sus palabras hay más que la definición de un recorrido de emergencia.

Pasamos la plaza españa. El vallado empieza ahí a unas cuantas cuadras de la casa de las tejas, el edificio Arcor y Café du sens. Se escucha León Gieco en los altavoces y vuelve el recuerdo de las jornadas en la calle por el fraude del 2 de septiembre.

Casi las 11 y media, Ciudad Universitaria. Vienen bajando los troskos y por la otra calle los independientes. Entro a la escuela. Cruzo dos palabras con la gente del centro, parece que puedo rendir a la siesta. Vuelvo buscando la protesta caminando despacio.

Vallado, perros, escudos, creo que atrás debe haber policías."Bajen las armas/ aquí solo hay pibes comiendo", como el soundtrack de mi caminata frente al Palacio Ferreyra o Museo Evita, as the case may be.

Dos cuadras más y los vehículos desaparecen. Un par de hombres de azul en cada esquina resguardando los edificios corporativos y el buen pastor. Otra vez los bombos. Esta vez, la UOM y la 62. Obsturo unas cuantas veces y me acerco. Me informan el fixture de las columnas y el recorrido. Uno de ellos se compadece del oficio y le aclaro que soy ciudadano nomás, no periodista. Reflexionan sobre la situación de la prensa y las condiciones de los trabajadores: "tenemos que apoyar a los compañeros de los medios contra el imperialismo". Se acerca un cronista de la tele que responde a la lógica del gran diario argentino y se le suelta media sonrisa.

Llega la Juventud Radical acompañada del Centro de estudiantes de Derecho. Reimos con el cronista, no sabíamos que ese centro de estudiante tuviera bandera. Invade el olor a chori y el deseo del estómago se transmite al rostro. Salen dos de la UOM rumbo al puestito y el portabandera los interpela: "quién va a ser el caballero que la invite a la compañera". Me sonrojo, lo agradezco y sigo mi marcha a contramano. Quiero tomas de más particularidades. Quiero un recorte de Luz y Fuerza con la ausencia de Tomás.

El tiempo corre y la concentración se demora. Me siento en el bar de siempre, ese al que voy después de las marchas del 24 de marzo y que está justo en el lugar donde se pueden componer buenas fotos. Pido el café y la media luna. Han acomodado las sillas como platea hacia la calle, como si la movilización fuera un espectáculo. Prendo un cigarrillo y pienso en Debord aunque no me gusten sus escritos.

Giro mi ángulo y capto con la cámara a un grupo de policías agazapados tras un kiosco de diarios y revistas al lado de la casa radical. Me sorprende un manifestante pidiendo fuego y entregandome los flekicor para que pague en el bar. Y el rumor de los bonos es cada vez más fuerte.

Se me empañan la lentes entre el humo de los puestitos y las bombas. Pierdo foco. Salgo a la calle nuevamente. El mismo camino a la inversa. Me gusta ver cuando se dispersan. Quedan sólo los dirigentes rodeados de periodistas. No me gusta fotografiar dirigentes, sí a fotógrafos desesperados por la mejor toma de un dirigente.


Ya no saboreo el merlot pero si la respuesta de ese mail que no esperaba.